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EL CADÁVER POLÍTICO Y LOS BUITRES

27.10.2026 · creativecore

En política, los cadáveres rara vez se enfrían antes de que aparezcan los buitres. Y la caída de Guadalupe Taddei de la presidencia del Instituto Nacional Electoral no parece ser la excepción. Apenas se conocieron las revelaciones sobre sus presuntos conflictos de interés y relaciones con proveedores, comenzaron a circular las preguntas que verdaderamente inquietan en los pasillos del poder: ¿Quién abrió la caja de Pandora, quién decidió que era momento de destaparla y quién pretende quedarse con los pedazos?

Porque una cosa es que Taddei haya terminado atrapada en el escándalo de las contrataciones del INE y otra muy distinta es conocer las manos que pudieron acelerar su derrumbe. La primera tiene investigaciones abiertas y hechos documentados. La segunda permanece en el territorio de las sospechas, las filtraciones y las disputas políticas.

El problema para el oficialismo es mayúsculo. Durante años se cuestionó la independencia del árbitro electoral y se prometió una transformación institucional que terminaría con los privilegios y las viejas prácticas. Ahora, la funcionaria que llegó a presidir el INE en ese contexto abandona el cargo bajo señalamientos de presuntas irregularidades. Vaya manera de defender la credibilidad de una institución.

¿Fue Palacio Nacional quien decidió soltarle la mano?
La hipótesis tiene atractivo para quienes ven la mano presidencial detrás de cada movimiento importante. Sin embargo, presenta una contradicción difícil de resolver: Taddei no parecía representar un obstáculo serio para Claudia Sheinbaum. Su perfil había sido mucho más cercano a la obediencia institucional que a la confrontación con el poder. Sacarla del camino mediante un escándalo de semejantes proporciones implica un costo político que difícilmente puede considerarse menor.

Pero hay un detalle que merece atención. Cuando las acusaciones comenzaron a crecer, Sheinbaum no construyó una muralla de protección alrededor de la consejera. Exigió aclaraciones, habló de investigar y dejó que la crisis siguiera su curso. No hubo un cheque en blanco ni una defensa incondicional.

Eso no demuestra que Palacio haya organizado su salida. Sí revela que, llegado el momento, el gobierno decidió no pagar el precio de sostenerla.

Y en política, retirar la protección puede ser tan definitivo como ordenar una destitución.

La otra lectura mira hacia el norte.

La detención del exfiscal de Chihuahua, César Jáuregui, acusado de traición a la patria por la presunta participación irregular de agentes estadounidenses en un operativo antidrogas, introdujo un ingrediente explosivo en la relación entre las estructuras de seguridad mexicanas y Washington.

Desde entonces circula la interpretación de que la caída de Taddei podría formar parte de una respuesta desde Estados Unidos. La sospecha se alimenta de la naturaleza de algunas filtraciones, de la difusión de materiales privados y de la sensibilidad política que representa una elección mexicana bajo vigilancia internacional.

El razonamiento resulta tentador, pero conviene no confundir una secuencia de acontecimientos con una operación demostrada. Que dos escándalos coincidan en el calendario no significa que compartan autores. Tampoco existen elementos públicos suficientes para atribuir las revelaciones contra Taddei a agencias estadounidenses.

La pregunta, de cualquier manera, queda flotando: ¿a quién beneficia que el árbitro electoral mexicano llegue debilitado a las elecciones de 2027?

Y aquí aparece una posibilidad todavía más incómoda para el régimen: que el golpe haya nacido dentro de sus propias filas.

Morena y sus aliados no constituyen un bloque donde todos persigan los mismos intereses ni donde las ambiciones desaparezcan por decreto. Hay grupos, lealtades, proyectos personales y disputas por espacios estratégicos. La presidencia del INE, por supuesto, es uno de ellos.

Desde esa perspectiva, Taddei pudo haberse convertido en una pieza prescindible. Una funcionaria políticamente vulnerable, incapaz de contener el desgaste de su gestión y cuya permanencia amenazaba con arrastrar a otros actores.

Pero hay una diferencia enorme entre aprovechar una crisis para impulsar a un sucesor y haber fabricado deliberadamente esa crisis. Lo primero forma parte de la lucha por el poder; lo segundo exigiría pruebas que hasta ahora no están sobre la mesa.

Lo verdaderamente preocupante es lo que viene.

El escándalo estalla cuando México se aproxima a un proceso electoral de enorme relevancia. La presidencia del INE queda vacante, las investigaciones sobre contrataciones siguen abiertas y los partidos comienzan a calcular quién podría ocupar una silla que debería estar por encima de sus intereses.

Ahí está el verdadero botín.

No se trata solamente de descubrir quién hundió a Taddei. Se trata de impedir que su caída se convierta en la oportunidad perfecta para colocar a una figura cuya principal virtud sea la lealtad política y no la independencia.

Porque si el reemplazo termina siendo producto de una negociación de cuotas, el mensaje será devastador: cambió el nombre en la puerta, pero no la lógica del poder.

La Auditoría Superior de la Federación tiene la obligación de investigar las contrataciones cuestionadas y las autoridades correspondientes deberán determinar si existieron responsabilidades. Las grabaciones, los contratos y las relaciones personales no pueden sustituir las pruebas, pero tampoco deben quedar enterrados bajo la conveniente explicación de una conspiración.

Y mientras unos buscan culpables en Palacio Nacional, otros en Washington y algunos más en las entrañas de la 4T, el país enfrenta una realidad mucho menos cinematográfica y bastante más peligrosa.

El árbitro electoral perdió a su presidenta en medio de un escándalo. La confianza pública recibió otro golpe. Y quienes deberían estar preocupados por reconstruirla parecen tener suficientes incentivos para disputar el control de la institución.

Tal vez algún día sepamos quién empujó la primera ficha del dominó. Por ahora, lo que importa es quién pretende recogerlas.

Porque el verdadero escándalo no sería únicamente que Taddei haya caído por sus propios errores o por una operación política.

El verdadero escándalo sería que, después de semejante sacudida, el INE terminara en manos de alguien elegido precisamente para que nunca vuelva a salirse del guion.

Y entonces sí, los buitres habrán terminado el banquete.

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