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NORMALICEMOS EL CHAPULINEO

15.10.2026 · creativecore

por Arturo Soto Munguía

Sobre el rencor de clase
Floreció el amor
Ayer Lenin y Zsa Zsa Gabor
Se casaban en New York

Joaquín Sabina

No sé si usted, confundida lectora, desconcertado lector, nostálgicos de aquellos tiempos en que las militancias se firmaban con sangre, los principios estaban escritos en piedra y las convicciones eran a prueba de balas, también sientan que esto de las reinvenciones políticas se nos está saliendo de control.

En México -y Sonora no escapa a ello-, la última década ha sido pródiga en ejemplos de volatilidad ideológica, claudicaciones programáticas y celebración de reencuentros otrora impensables, en una reconfiguración de afinidades políticas que en otros tiempos serían merecedoras del paredón o la Ley Fuga, pero que hoy se han normalizado con pasmosa condescendencia, en aras del pragmatismo más descarnado con el que se besa a la suegra o se baila con el diablo si en ello va la consecución de parcelas de poder que le permitan a nuestra bienamada clase política seguir vigente en el vodevil de la gobernanza o, al menos, en la monetización de consignas opositoras que alguna redituabilidad ha de tener, porque si no, nadie andaría en eso.

Ayer por ejemplo, asistimos a un nuevo caso de conveniente migración militante.

El señor Bruno Cházaro, que aprendió al derecho y al revés la doctrina panista, sabe de memoria la épica de la fundación del partido que nació para plantarle cara a la revolución institucionalizada por aquellos hombres que desmontaron sus caballos para apoltronarse en los mullidos sillones de las oficinas gubernamentales, y que durante 15 años abrazó los postulados fundacionales de Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna y otros próceres de la defensa de la patria, la familia y la libertad, dijo “ya no más”, y le aventó hasta con la bolsa de las pinturas a la dirigencia estatal panista.

El PAN, dijo, ha perdido el rumbo y yo hasta aquí llego. Me voy, pero no me voy. Seguiré participando en la construcción, no de una patria nueva y generosa -cual era un mantra panista-, pero sí de nuevas opciones para devolverle al sufrido pueblo sonorense un poquito de lo que nos ha regalado desde hace mucho. Esto, claro, no es una cita textual, pero más o menos eso fue lo que dijo el señor Cházaro.

Y está bien, porque como bien asentó el santo varón de Bavispe, redentor de almas claudicantes y en la ruta de las reconsideraciones, todo mundo tiene derecho a reinventarse.

Hay, sin embargo, algo que hace ruido entre la despedida y el destino del señor Cházaro, porque si bien el adiós es congruente con una posición de disidencia hacia los mandos estatales del PAN, a quienes enfrentó como candidato en la pasada contienda por la dirigencia (que gano Gildardo Real) su destino apunta hacia Movimiento Ciudadano. O al menos, a la estructura que apoyaría la eventual candidatura de Luis Donaldo Colosio Riojas a la gubernatura.

Y aquí es donde la puerca de la doctrina tuerce el rabo del pragmatismo y la degustación de batracios del orden de los anuros, porque en MC, se encontrará en próximas fechas con personajes a quienes no tenía en buena estima, y antes bien, diríase que con ellos tiene cuentas pendientes.

Hasta donde me quedé, el señor Cházaro forma(ba) filas en la corriente que en el PAN encabeza el diputado federal Damián Zepeda. Sí, el mismo que en aquel 2015 fue candidato del PAN a la alcaldía de Hermosillo, cuando el presidente municipal era Alejandro López Caballero que, antes de recibir en su despacho a su correligionario en campaña, le abrió la puerta al candidato del PRI, Manuel Ignacio Acosta, “El Maloro”.

Damián hizo un drama de dimensiones bíblicas por lo que consideró una traición y una emboscada, y tuvo que asimilar -no sin un berrinche que lo llevó a alejarse de Sonora y buscar refugio en sus amigos de la dirigencia nacional- su derrota ante el priista, que hoy firma como dirigente estatal del PVEM, aliado de Morena.

Una vez en Movimiento Ciudadano, Bruno Cházaro tendrá que acordar no solo con López Caballero, sino con otros personajes que en aquel 2015 le dieron con la puerta en las narices a Damián Zepeda, y trabajar junto con ellos, pero eso no es todo.

La comentocracia y la opinología han menudeado en versiones sobre el papel que jugará MC en la próxima contienda electoral, y suelen ubicar ese papel como uno en el que el partido naranja estaría terciando la votación, robando votos -sobre todo de la clase media- al PAN y favoreciendo por tanto al proyecto de la cuarta transformación.

Que los extremos se tocan es un lugar común, pero cada vez está más normalizado que la derecha, hoy en la precariedad electoral, le sirva a la izquierda, hoy en el goce de la hegemonía y es a lo que estamos asistiendo.

Viceversa no. Hasta hoy, no se conocen casos, o pasarían como excepcionales, en que militantes de la izquierda se pasen al PRIAN.

En descargo del señor Cházaro, hay que decir entonces que está lejísimos de ser el único, en que algún personaje de la derecha se pase a las filas de la izquierda (dicho esto con todas las reservas sobre la caracterización de Morena como partido de izquierda, a estas alturas) y es entonces cuando a uno no le queda más que tararear la rola de Joaquín Sabina, indeciso entre si reír o si llorar, viendo a Trotsky en Wall Street (o a Rambo en Bucarest) fumar la pipa de la paz.

Y lo que nos falta por ver, chingao.

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